lunes, 26 de octubre de 2009

Una visita sorpresa al cerro

Como si se tratara de unos chavales, allí estábamos los cuatro, en el cerro de San Cristóbal a las dos de la mañana hora nueva. Acabábamos de actualizar los relojes. Era el remate final a una noche de sábado distinta, diferente a las últimas.
Para ellas era su primera vez. Quién nos lo iba a decir a nuestros treinta y... tantos. Pero insistieron, querían subir al cerro, tenían curiosidad por conocerlo. Que excitante!
Muchas risas en el coche mientras subíamos la empinada cuesta que da acceso a la cima del cerro, y además contemplando la ciudad iluminada, mejor dicho, el polígono. Era como un flash back. Las vistas me recordaban a esas escenas de películas americanas ambientadas en los años 50, a donde los teenagers llevaban a sus parejas para besarse y revolcarse, y como escenario de fondo la ciudad de Los Ángeles iluminada. Que ridícula comparación, L.A. y Valladolid.
Y llegamos a la cima del cerro. La verja estaba abierta y entramos. Paramos cerca del monumento. Solamente baje yo, necesitaba orinar. Los demás se quedaron en el coche, no se atrevían a salir. Y no era porque hiciera frío.
Además de nosotros, en la explanada del cerro había otro vehículo. La pálida y amarilla luz de las farolas permitían distinguirlo, era un Peugeot 205 blanco.
Este lugar ya no es lo que era. Será la crisis. Han quedado atrás sus años de "esplendor" cuando estaba petado de vehículos, y las parejas venían a amarse en su coche, en los Simca 1000.
Con tan escasa iluminación, no se podían observar más detalles, pero si el monumento, sucio y olvidado, lleno de pintadas. Algunas flechas del yugo estaban dobladas o incluso rotas.





Saciadas las curiosidades, decidimos salir de allí, dar media vuelta e irnos a casa.
La aventura resultó ser una desilusión. No fue emocionante, no fue una pasada, pero ha servido para contarlo en este post, y ver que dirán los amigos.